Todas las familias desean lo mejor para sus hijos e hijas, algo que es totalmente natural y necesario porque, de todos los seres vivos, los humanos somos los que más tiempo dependemos de una persona adulta para nuestra supervivencia. Así mismo, de una generación a otra los progenitores tendemos a evitar que nuestra descendencia pase por nuestras mismas dificultades. Si además, nuestro hijo o hija tiene una discapacidad auditiva, de manera instintiva podríamos atravesar la barrera de la protección hacia la sobreprotección.

Y es que no es fácil saber dónde está la línea, puesto que dentro de “querer lo mejor” para ellos/as podría incluirse evitarlos el sufrimiento y es aquí cuando conviene diferenciar entre el que sería provocar un mal o acompañarlos en el proceso de aprendizaje para tolerar la frustración, tomar decisiones, poner límites y velar por su autonomía.

Es aquí, cuando hablamos de autonomía donde tenemos que poner especial cuidado. Puede pasar que veamos a nuestros hijos e hijas felices porque lo hacemos todo por ellos y ellas, pero lo único que estamos haciendo es evitar la frustración que tendrían si los pedimos que lo hagan solos o solas.

En otros artículos se ha hablado de cómo detectar la sobreprotección y como empezar a introducir cambios, que de forma resumida seria: mostrar confianza, dar oportunidades y fomentar su autonomía.

Ahora toca hablar de las consecuencias a largo plazo que puede implicar privarlos de aprendizajes evolutivos y muy necesarios. De forma resumida, tener un estilo sobreprotector con nuestros hijos e hijas aumentaría la probabilidad de:

• Dificultad para resolver problemas.
• Sentimientos de incapacidad.
• Elevada inseguridad.
• Falta de relaciones sociales.

Y es que cada vez existen más estudios que detectan que ciertas regiones del cerebro (como el lóbulo prefrontal) no se estimulan bastante cuando sobreprotegemos. Esto explicaría que las personas jóvenes que en su infancia han tenido personas que se han ocupado de todo (teniendo ellos y ellas la capacidad de hacerlo), sean los y las que más dificultades muestren en la hora de solucionar problemas o afrontar situaciones difíciles. De forma que, a nivel cerebral existiría una falta de estimulación del área que se ocupa de estas tareas, dando lugar a otras consecuencias más emocionales como la falta de confianza en uno/a mismo/a, afectando también la autoestima.

Y es que actos tan simples como ayudar a los hijos e hijas sin que lo pidan (siendo capaces), transmitirles nuestros miedos y dudas, excusarlos de sus olvidos, gestionarles su armario y su agenda, también son una forma de sobreprotección que si no conseguimos equilibrar les resta cada día algo más en su capacidad de autonomía.